La confesión
·
“¿Cómo
confesarse con un hombre que es pecador?”
·
“¿Por
qué confesarse con un hombre que no tiene poder?”
La biblia NO dice que no hay
que confesarse con un hombre
Los protestantes dirán:
Jeremías 17:5 “Así habla Yavé: ¡Maldito el hombre que
confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal, y que aparta su corazón de Yavé!” (No nos estamos apartando de Dios al confesarnos).
Los profetas falsos inventan: “Maldito el hombre que se le arrodilla o se
confiesa”.
Ejemplo: Yo le dije a un protestante: A ver hermano dígame una cosa, ¿usted todo
el tiempo fue evangélico?, respondió –No, yo fui católico, “hace 5 años conocí
la luz, la verdad, vivía en la oscuridad”. Le respondí: ¿Y cómo fue eso hermano
que usted se convirtió a la iglesia evangélica?, respondió, –Un día estaba yo
orando y el señor me envió un varón que me predicó la palabra de Dios, conocí
la verdad y renuncié a la oscuridad. Le respondí; ¿Desde ese día pasó de ser
Católico a evangélico? –Sí. Yo le pregunté: ¿y ese varón era un ángel, era Dios
o un hombre? respondió, –Pues era un pastor. ¿Pero ese pastor era un hombre o
no? –Sí, era un hombre. Entonces léame Jeremías 17:5 “Maldito el hombre…” Maldito usted, y si usted es
maldito, ¿qué viene a hablarme a mi?
Tenemos que confiar en alguien
Ejemplo: ¿Usted confía en su esposa? –No. ¿Entonces por qué le deja los niños a
su suegra para que se los cuide?, ¿Usted confía en el chofer del autobús? –No.
¿Entonces por qué se sube?
Una persona que acude a los
brujos para que le lean la mano confía en el brujo, horóscopos, busca apoyo en
un mortal, entonces esta apartando su corazón de Dios.
Nosotros
los católicos, es verdad, confiamos en un hombre pero no apartamos nuestro
corazón de Dios, al contrario, estamos buscando más a Dios.
Los
evangélicos ponen su confianza en un pastor y es un hombre, no es Dios.
Entonces el pastor les dice: “El diezmo sin fallar, porque si falla, la
maldición de Dios le cae.”
Levítico 5:5 “En todos estos casos el que cometió el
delito confesará primero su pecado. 6 Luego, como sacrificio de
reparación por el pecado cometido, llevará a Yavé una hembra, oveja o cabra, y
el sacerdote hará la expiación por dicho pecado y persona.
Levítico 5:17 “Si alguno ha pecado, haciendo alguna cosa de
las prohibidas por la ley de Dios, ha cometido un delito aunque no se dé
cuenta, y carga con un pecado.
Levítico 5:10 “El otro pájaro lo quemará en sacrificio del
holocausto, como se acostumbraba hacer. Así es como el sacerdote hará la
expiación por esta persona, por su pecado, y será perdonada.”
Levítico 16:30 “En este día se hará expiación por ustedes;
así serán purificados y quedarán limpios de todos sus pecados ante Yave.”
Levítico 16:32 “El sacerdote al que hayan ungido y
consagrado para ser sacerdote en lugar de su padre, hará la expiación. Se
vestirá con las vestiduras de lino, las vestiduras sagradas, y hará el rito de
expiación por el Santuario Sagrado, por la Tienda de las Citas y el altar.”
Proverbios 28:13 “Ocultar sus faltas no conduce a nada, el que
las reconoce y renuncia a ellas se hace perdonar.”
Cristo no vino por los justos,
si no por los pecadores.
Ahora
bien, yo le puedo dar a saber de que no significa directamente con Dios, porque
Dios conoce el pecado antes de que usted naciera. Entonces si fuera
directamente con Dios, basta con que usted lo piense.
Marcos 1:4-5 “Es así como Juan el Bautista empezó a
bautizar en el desierto. Allí predicaba bautismo y conversión, para alcanzar el
perdón de los pecados. 5 Toda la provincia de Judea y el pueblo de
Jerusalén acudían a Juan para confesar sus pecados y ser bautizados por él en
el rio Jordan.”
Santiago 5:16 “Reconozcan sus pecados unos ante otros y recen
unos por otros para que sean sanados. La súplica del justo tiene mucho poder
con tal de que sea perseverante.”
Hebreos 5:4 “Nadie
se apropia esta dignidad, sino que debe ser llamado por Dios, como lo fue
Aarón.”
Para ver si un hombre tiene poder para perdonar
pecados:
Mateo 9:6 “Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene
autoridad en la tierra para perdonar pecados. Entonces dijo al paralítico:
Levántate, toma tu camilla y vete a casa. 7 Y el paralítico se
levantó y se fue a su casa. 8 La gente, al ver esto, quedó muy
impresionada y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.”
Juan 20:21 “Jesús les volvió a decir: ¡La paz esté con ustedes! Como el padre me envió
a mí, así los envío yo también. 22Dicho esto, sopló sob
re ellos y
les dijo: Reciban el Espíritu Santo: 23 a quienes descarguen de sus
pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.”
re ellos y
les dijo: Reciban el Espíritu Santo: 23 a quienes descarguen de sus
pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.”
El Espíritu Santo está
actuando en el sacerdote para confesar los pecados.
Mateo 12:32 “Al que calumnie al Hijo del Hombre se le
perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará ni en
este mundo ni en el otro.”
Jesucristo transmitió el poder
a los Apóstoles como el Padre le envió el poder al hombre.
LOS PASOS DE LA CONFESIÓN
La Reconciliación o Confesión
Las cinco cosas necesarias para hacer una buena y
fructífera confesión.
Para explicar las cinco cosas necesarias
para hacer una buena y fructífera confesión, lo haremos desde la parábola del
hijo pródigo, narrada por San Lucas en el capítulo 15 de su Evangelio.
Cinco pasos son necesarios:
1. Examen de conciencia. (El hijo
pródigo examina su conciencia).
2. Dolor de los pecados y la contrición del corazón. (Se arrepiente).
3. Confesar todos los pecados. (Hace propósito de volver al padre).
4. Propósito de enmienda. (Vuelve y pide perdón).
5. Cumplir la penitencia. (Paga con buenas obras sus pecados)
2. Dolor de los pecados y la contrición del corazón. (Se arrepiente).
3. Confesar todos los pecados. (Hace propósito de volver al padre).
4. Propósito de enmienda. (Vuelve y pide perdón).
5. Cumplir la penitencia. (Paga con buenas obras sus pecados)
Es decir, reflexiona, se arrepiente, se corrige, se
acusa y expía.
1. EXAMEN DE CONCIENCIA
La confesión no tendrá efecto y fruto si entramos en la Iglesia y rápido nos confesamos, sin haber hecho primero un buen examen de conciencia sereno, tranquilo, pausado, y si es por escrito mejor, para que así, no nos olvidemos ni un pecado.
La confesión no tendrá efecto y fruto si entramos en la Iglesia y rápido nos confesamos, sin haber hecho primero un buen examen de conciencia sereno, tranquilo, pausado, y si es por escrito mejor, para que así, no nos olvidemos ni un pecado.
¿Cómo
hacer este examen de conciencia?
El examen de conciencia consiste en recordar los pecados que hemos cometido y las causas o razones por las cuales estamos cometiendo esas faltas.
El examen de conciencia consiste en recordar los pecados que hemos cometido y las causas o razones por las cuales estamos cometiendo esas faltas.
Deberíamos, como buenos cristianos, hacer examen de
conciencia todos los días en la noche, antes de acostarnos.
Así iríamos formando bien nuestra conciencia,
haciéndola más sensible y recta, más pura y delicada. Los grandes Santos nos
han recomendado este medio del examen de conciencia diario
¿Cómo se hace?
1. Pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine y nos recuerde cuáles son los pecados nuestros que más le están disgustando a Dios.
2. Vamos repasando:
a) Los diez mandamientos.
b) Los cinco mandamientos de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica.
c) Los siete pecados capitales.
d) Las obras de misericordia.
e) Las bienaventuranzas.
f) El mandamiento de la caridad.
g) Los pecados de omisión: el bien que dejamos de hacer: no ayudar, no hacer apostolado, no compartir los bienes, no hacer visitas a Cristo Eucaristía, no dar un buen consejo.
1. Pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine y nos recuerde cuáles son los pecados nuestros que más le están disgustando a Dios.
2. Vamos repasando:
a) Los diez mandamientos.
b) Los cinco mandamientos de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica.
c) Los siete pecados capitales.
d) Las obras de misericordia.
e) Las bienaventuranzas.
f) El mandamiento de la caridad.
g) Los pecados de omisión: el bien que dejamos de hacer: no ayudar, no hacer apostolado, no compartir los bienes, no hacer visitas a Cristo Eucaristía, no dar un buen consejo.
También es bueno confesarse de la siguiente manera:
a) Deberes para con Dios: mi relación con la voluntad de Dios.
b) Deberes para con el prójimo: caridad, respeto.
c) Deberes para conmigo: estudios, trabajo, honestidad, pureza, veracidad.
d) Deberes para con ese Movimiento o Institución eclesial a la que pertenezco: fidelidad a los compromisos, apostolado.
a) Deberes para con Dios: mi relación con la voluntad de Dios.
b) Deberes para con el prójimo: caridad, respeto.
c) Deberes para conmigo: estudios, trabajo, honestidad, pureza, veracidad.
d) Deberes para con ese Movimiento o Institución eclesial a la que pertenezco: fidelidad a los compromisos, apostolado.
2. DOLOR DE LOS PECADOS Y LA CONTRICIÓN DEL CORAZÓN
No basta sólo hacer un buen examen de conciencia para una buena confesión: es necesario un segundo paso: dolerme interiormente por haber cometido esos pecados, porque ofendí a Dios, mi Padre. Es lo que llamamos dolor de los pecados o contrición del corazón
Contrición de corazón o arrepentimiento es sentir
tristeza y pesar de haber ofendido a Dios con nuestros pecados.
No es tanto “me siento mal… no me ha gustado lo que he
hecho… siento un peso encima…” ¡No! Este dolor de contrición es otra cosa:
“Estoy muy apenado porque ofendí a Dios, que es mi Padre, le puse triste”.
El Salmo 50 dice: “Un corazón arrepentido, Dios nunca
lo desprecia”.
Jesús cuenta, que un publicano fue a orar, y
arrodillado decía: “Misericordia, Señor, que soy un gran pecador” y a Dios le
gustó tanto esta oración de arrepentimiento que le perdonó (cfr Lucas 18).
¿Cuántas clases de arrepentimiento hay?
Hay tres:
Hay tres:
1. La contrición perfecta: es una tristeza
o pesar por haber ofendido a Dios, por ser Él quien es, esto es, por ser
infinitamente bueno y digno de ser amado, teniendo al mismo tiempo el propósito
de confesarse y de evitar el pecado. Es el ejemplo del rey David, o de Pedro.
2. Contrición imperfecta o atrición: es una tristeza o pesar de haber ofendido a Dios, pero sólo por la fealdad y repugnancia del pecado, o por temor de los castigos que Dios puede enviarnos por haberlo ofendido. Para que esta atrición obtenga el perdón de los pecados necesita ir acompañada de propósito de enmendarse y obtener la absolución del sacerdote en la confesión.
3. El arrepentimiento o remordimiento: (morder doblemente) es una rabia o disgusto por haber hecho algo malo que no quisiéramos haber hecho. Es la conciencia la que nos muerde. No nos da tristeza por haber ofendido a Dios, sino porque hicimos algo que no nos gusta haber hecho. Ejemplo de Judas. El remordimiento no borra el pecado.
¿Cuándo debemos tener este dolor de contrición y arrepentimiento de los pecados?
Sobre todo cuando nos vamos a confesar, pues si no estamos arrepentidos, no quedamos perdonados. Pero es bueno también arrepentirnos de nuestras faltas cada noche antes de acostarnos. A Dios le gusta un corazón arrepentido.
2. Contrición imperfecta o atrición: es una tristeza o pesar de haber ofendido a Dios, pero sólo por la fealdad y repugnancia del pecado, o por temor de los castigos que Dios puede enviarnos por haberlo ofendido. Para que esta atrición obtenga el perdón de los pecados necesita ir acompañada de propósito de enmendarse y obtener la absolución del sacerdote en la confesión.
3. El arrepentimiento o remordimiento: (morder doblemente) es una rabia o disgusto por haber hecho algo malo que no quisiéramos haber hecho. Es la conciencia la que nos muerde. No nos da tristeza por haber ofendido a Dios, sino porque hicimos algo que no nos gusta haber hecho. Ejemplo de Judas. El remordimiento no borra el pecado.
¿Cuándo debemos tener este dolor de contrición y arrepentimiento de los pecados?
Sobre todo cuando nos vamos a confesar, pues si no estamos arrepentidos, no quedamos perdonados. Pero es bueno también arrepentirnos de nuestras faltas cada noche antes de acostarnos. A Dios le gusta un corazón arrepentido.
¿Qué cualidades debe tener nuestro
arrepentimiento?
Tres son las cualidades:
1. Arrepentirse de todo los pecados sin excluir ninguno (a no ser por olvido).
2. Que el arrepentimiento no sea sólo exterior sino que se sienta en el alma.
3. Que sea sobrenatural, o sea no sólo por los males materiales que nos trae el pecado, sino porque con él causamos un disgusto a Dios y nos vienen males para el alma y para la eternidad.
Tres son las cualidades:
1. Arrepentirse de todo los pecados sin excluir ninguno (a no ser por olvido).
2. Que el arrepentimiento no sea sólo exterior sino que se sienta en el alma.
3. Que sea sobrenatural, o sea no sólo por los males materiales que nos trae el pecado, sino porque con él causamos un disgusto a Dios y nos vienen males para el alma y para la eternidad.
¿Qué ayuda para conseguir el dolor de
contrición o arrepentimiento perfecto?
1. Recordar el Calvario y todo lo que Jesús sufrió por nosotros en su Pasión.
2. Recordar el Cielo y pensar en las alegrías y felicidades que allá nos esperan.
3. ¡Todo esto lo perderé, si peco! Ir con la imaginación a los castigos eternos y pensar que allá podemos ir también nosotros si no abandonamos nuestros pecados y malas costumbres.
¡A cuantos les ha salvado esto, y les ha alejado de sus pecados!
1. Recordar el Calvario y todo lo que Jesús sufrió por nosotros en su Pasión.
2. Recordar el Cielo y pensar en las alegrías y felicidades que allá nos esperan.
3. ¡Todo esto lo perderé, si peco! Ir con la imaginación a los castigos eternos y pensar que allá podemos ir también nosotros si no abandonamos nuestros pecados y malas costumbres.
¡A cuantos les ha salvado esto, y les ha alejado de sus pecados!
Una poesía resume este arrepentimiento sincero:
“No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por ello de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido; muévanme tus afectas y tu muerte. Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera” (Anónimo).
“No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por ello de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido; muévanme tus afectas y tu muerte. Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera” (Anónimo).
3. CONFESAR TODOS LOS PECADOS
El sacramento de la penitencia o confesión está en crisis en algunas partes porque, como dijo el Papa Juan Pablo II, “al hombre contemporáneo parece que le cuesta más que nunca reconocer los propios errores… parece muy reacio a decir ‘me arrepiento’ o ‘lo siento’; parece rechazar instintivamente y con frecuencia irresistiblemente, todo lo que es penitencia, en el sentido del sacrificio aceptado y practicado para la corrección del pecado” (Reconciliación y Penitencia n. 26).
El sacramento de la penitencia o confesión está en crisis en algunas partes porque, como dijo el Papa Juan Pablo II, “al hombre contemporáneo parece que le cuesta más que nunca reconocer los propios errores… parece muy reacio a decir ‘me arrepiento’ o ‘lo siento’; parece rechazar instintivamente y con frecuencia irresistiblemente, todo lo que es penitencia, en el sentido del sacrificio aceptado y practicado para la corrección del pecado” (Reconciliación y Penitencia n. 26).
Pío XII manifestó en un radiomensaje del Congreso
Catequístico Nacional de los Estados Unidos, en Boston (26 de octubre de 1946):
“El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado”.
El tercer paso para hacer una buena confesión es
confesar todos los pecados mortales y graves al confesor.
¿Qué es la confesión de boca? Es
manifestar al confesor sin engaño, ni mentira los pecados cometidos, con
intención de recibir la absolución. Dice la Biblia: “No te avergüences de
confesar tus pecados” (Eclesiástico 4,26)
Para que Dios perdone, por medio del confesor, es
necesario decir los pecados. Así lo dispuso el mismo Cristo al instituir el
sacramento del la Penitencia. “A quienes se los perdonéis, quedarán perdonados;
a quienes se los retuviereis les quedarán retenidos” (Jn. 20, 23).
Los apóstoles, y sus sucesores, los obispos y los
colaboradores, los sacerdotes, para poder absolver, necesitan conocer lo que
perdonan, es decir, necesitan escuchar los pecados del penitente.
¿Cuáles son las cualidades para una
buena confesión de boca?
1. Sincera: no debo ocultar lo que en conciencia es grave.
2. Verdadera: sin ocultar o disimular lo que debo manifestar, ni dar vueltas, tratando de justificarme.
3. Completa: todos los pecados graves, según su especie, número y circunstancias que cambian la especie.
4. Sencilla y humilde: con pocas palabras y sin rodeos.
1. Sincera: no debo ocultar lo que en conciencia es grave.
2. Verdadera: sin ocultar o disimular lo que debo manifestar, ni dar vueltas, tratando de justificarme.
3. Completa: todos los pecados graves, según su especie, número y circunstancias que cambian la especie.
4. Sencilla y humilde: con pocas palabras y sin rodeos.
Omitir voluntariamente la confesión de pecados graves
o circunstancias que cambian la especie o callar voluntariamente algún pecado
grave hace que la confesión sea inválida y sacrílega.
Gravedad del pecado
El pecado varía en su gravedad según quién lo comete, con quién se comete y dónde se comete.
-Una cosa es robar a un rico y otra a un pobre.
-Una cosa es robar por hambre y otra para vender.
-Una cosa es robar en el supermercado y otra en una iglesia.
-Una cosa es insultar a un compañero de clase y otra, a mamá o a un sacerdote o al Papa.
-Una cosa es cometer un acto impuro con un soltero/a y otra con un casado/a.
-Una cosa es mentir en casa y otra en la confesión.
El pecado varía en su gravedad según quién lo comete, con quién se comete y dónde se comete.
-Una cosa es robar a un rico y otra a un pobre.
-Una cosa es robar por hambre y otra para vender.
-Una cosa es robar en el supermercado y otra en una iglesia.
-Una cosa es insultar a un compañero de clase y otra, a mamá o a un sacerdote o al Papa.
-Una cosa es cometer un acto impuro con un soltero/a y otra con un casado/a.
-Una cosa es mentir en casa y otra en la confesión.
¿Qué pecados estamos obligados a
confesar?
Solamente los pecados mortales, pero es bueno y provechoso confesar también los veniales, así iremos fomentando mejor nuestra conciencia; así también el sacerdote nos podrá guiar con toda seguridad y sabiduría hacia la santidad.
Solamente los pecados mortales, pero es bueno y provechoso confesar también los veniales, así iremos fomentando mejor nuestra conciencia; así también el sacerdote nos podrá guiar con toda seguridad y sabiduría hacia la santidad.
¿Qué hacer cuando sólo tenemos pecados
veniales para confesar?
Conviene recordar también algún pecado mortal ya confesado. Así el recuerdo de un pecado grave hace más fuerte el arrepentimiento y más serio el propósito. Esto si lo considera oportuno el confesor, porque hay almas con escrúpulos a quienes no conviene que revuelvan el pasado ya confesado.
Conviene recordar también algún pecado mortal ya confesado. Así el recuerdo de un pecado grave hace más fuerte el arrepentimiento y más serio el propósito. Esto si lo considera oportuno el confesor, porque hay almas con escrúpulos a quienes no conviene que revuelvan el pasado ya confesado.
¿Qué sucede cuando uno olvida algún
pecado grave en la confesión, sin querer?
Obtiene el perdón de los pecados y puede comulgar, pero en la próxima confesión debe confesarse de ese pecado que olvidó sin querer.
Una norma muy útil: cuando uno termina de decirle al sacerdote los pecados conviene añadir: “Pido perdón también de todos los pecados que se me hayan olvidado”. Así queda el alma mucho más tranquila.
Obtiene el perdón de los pecados y puede comulgar, pero en la próxima confesión debe confesarse de ese pecado que olvidó sin querer.
Una norma muy útil: cuando uno termina de decirle al sacerdote los pecados conviene añadir: “Pido perdón también de todos los pecados que se me hayan olvidado”. Así queda el alma mucho más tranquila.
¿Cómo es el rito de la confesión?
1. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
santo.
2. Se lee una frase del evangelio.
3. Padre hace X días que me confesé, aclaro si cumplí la penitencia o no.
4. Mis pecados son éstos… y me acuso de todos aquellos que en este momento no recuerdo, y de los pecados de omisión.
5. Después escucho los consejos.
6. Rezo el pésame u acto de contrición lentamente y con dolor.
7. Recibo la absolución del sacerdote.
8. Le agradezco… y voy a cumplir rápido la penitencia.
2. Se lee una frase del evangelio.
3. Padre hace X días que me confesé, aclaro si cumplí la penitencia o no.
4. Mis pecados son éstos… y me acuso de todos aquellos que en este momento no recuerdo, y de los pecados de omisión.
5. Después escucho los consejos.
6. Rezo el pésame u acto de contrición lentamente y con dolor.
7. Recibo la absolución del sacerdote.
8. Le agradezco… y voy a cumplir rápido la penitencia.
4. PROPÓSITO DE ENMIENDA
Antes de explicar el cuarto paso, quisiera resumir, de la Institución Pastoral del Episcopado español del 15 de abril de 1989, los síntomas y raíces de la disminución de la práctica de la confesión en algunas partes:
1. Por el ateísmo e indiferencia religiosa de nuestros tiempos.
2. La pérdida del sentido del pecado.
3. Las interpretaciones inadecuadas del pecado. Hoy se nos quiere hacer creer que el pecado es algo superado, es un vago sentimiento de culpabilidad, es como una fuerza oscura del inconsciente, es como expresión y reflejo de las condicionantes ambientales, se les identifican con el pecado social y estructural. Algunos ya no ven pecado en casi nada, salvo en lo social, estructural.
4. Crisis generalizada de la conciencia moral y su oscurecimiento en algunos hombres. Esto debido a la amoralidad sistemática, cuando no inmoralidad.
5. Otra causa que ven los obispos españoles es ésta: indecisión de predicadores y confesores en materia moral, económica y sexual. Algunos fieles se desconciertan al oír diversas opiniones de confesores sobre el mismo tema moral. Y claro, muchos optan por hacer caso al más laxo y fácil. Y al final optan por dejar sus conciencias al juicio de Dios y abandonan la confesión.
Expliquemos ahora sí el propósito de enmienda, que
brota espontáneamente del dolor.
¿Qué es el propósito de enmienda?
Es una firme resolución de nunca más ofender a Dios. Y hay que hacerlo ya antes de confesarse. Jesús a la pecadora le dijo: “Vete y no peques más” (Jn. 8,11). Esto es lo que se propone el pecador al hacer el propósito de enmienda: “no quiero pecar más, con la ayuda de Dios”. Si no hay verdadero propósito, la confesión es inválida.
Es una firme resolución de nunca más ofender a Dios. Y hay que hacerlo ya antes de confesarse. Jesús a la pecadora le dijo: “Vete y no peques más” (Jn. 8,11). Esto es lo que se propone el pecador al hacer el propósito de enmienda: “no quiero pecar más, con la ayuda de Dios”. Si no hay verdadero propósito, la confesión es inválida.
No significa que el pecador ya no volverá a pecar,
pero sí quiere decir que está resuelto a hacer lo que le sea posible para
evitar sus pecados que tanto ofenden a Dios. No se trata de la certeza absoluta
de no volver a cometer pecado, sino de la voluntad de no volver a caer, con la
gracia de Dios. Basta estar ciertos de que ahora no quiere volver a caer. Lo mismo
que al salir de casa no sabes si tropezarás, pero sí sabes que no quieres
tropezar.
Estos propósitos no deben ser solamente negativos: no
hacer esto, no decir aquello… También hay que hacer propósitos positivos:
rezaré con más atención, seré más amable con todos, hablaré bien de los demás,
haré un pequeño sacrificio en la mesa o en el fútbol, callaré cuando esté con
ira, seré agradecido, veré solo buenos programas en la televisión, hablaré con
aquella persona que tanto me cuesta, etc.
¿Y si volvemos a caer?
Pues, nos levantamos con humildad. La conversión y renovación es progresiva, lenta. Por eso es necesaria la confesión frecuente, no sólo cuando hemos caído, sino para no caer. Allí Dios nos robustece la voluntad, no sólo para no caer, sino también para lograr las virtudes.
Pues, nos levantamos con humildad. La conversión y renovación es progresiva, lenta. Por eso es necesaria la confesión frecuente, no sólo cuando hemos caído, sino para no caer. Allí Dios nos robustece la voluntad, no sólo para no caer, sino también para lograr las virtudes.
¿Por qué algunos se confiesan siempre de
las mismas faltas?
Es muy sencillo: porque no evitan las ocasiones de pecado. Por eso, el propósito de enmienda implica dos cosas: evitar el pecado y las ocasiones que llevan a él.
Debemos pedir siempre lo que San Ignacio de Loyola pide en los Ejercicios Espirituales cuando habla de las meditaciones sobre el pecado: “Dame vergüenza y confusión, dolor y lágrimas, aborrecimiento del pecado y del desorden que lleva al pecado”.
Debemos apartarnos seriamente de las ocasiones de pecar, porque “quien ama el peligro perecerá en él” (Eclesiástico 3, 27). Si te metes en malas ocasiones, serás malo.
Hay batallas que el modo de ganarlas es evitándolas. Combatir siempre que sea necesario es de valientes; pero combatir sin necesidad es de estúpidos fanfarrones.
Si no quieres quemarte, no te acerques demasiado al fuego. Si no quieres cortarte, no juegues con una navaja bien afilada. Sobre todo esto vale para la concupiscencia de la carne o impureza. La impureza es una fiera insaciable. Aunque se le dé lo que pide, siempre quiere más. Y cuanto más le des, más te pedirá y con más fuerza. La fiera de la concupiscencia hay que matarla de hambre. Si la tienes castigada, te será más fácil dominarla.
Por tanto, si el propósito no se extendiese también a poner todos los medios necesarios para evitar las ocasiones próximas de pecar, la confesión no sería eficaz; mostraría una voluntad apegada al pecado, y, por lo tanto, indigna de perdón.
Quién, pudiendo, no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave, no puede recibir la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida.
Es muy sencillo: porque no evitan las ocasiones de pecado. Por eso, el propósito de enmienda implica dos cosas: evitar el pecado y las ocasiones que llevan a él.
Debemos pedir siempre lo que San Ignacio de Loyola pide en los Ejercicios Espirituales cuando habla de las meditaciones sobre el pecado: “Dame vergüenza y confusión, dolor y lágrimas, aborrecimiento del pecado y del desorden que lleva al pecado”.
Debemos apartarnos seriamente de las ocasiones de pecar, porque “quien ama el peligro perecerá en él” (Eclesiástico 3, 27). Si te metes en malas ocasiones, serás malo.
Hay batallas que el modo de ganarlas es evitándolas. Combatir siempre que sea necesario es de valientes; pero combatir sin necesidad es de estúpidos fanfarrones.
Si no quieres quemarte, no te acerques demasiado al fuego. Si no quieres cortarte, no juegues con una navaja bien afilada. Sobre todo esto vale para la concupiscencia de la carne o impureza. La impureza es una fiera insaciable. Aunque se le dé lo que pide, siempre quiere más. Y cuanto más le des, más te pedirá y con más fuerza. La fiera de la concupiscencia hay que matarla de hambre. Si la tienes castigada, te será más fácil dominarla.
Por tanto, si el propósito no se extendiese también a poner todos los medios necesarios para evitar las ocasiones próximas de pecar, la confesión no sería eficaz; mostraría una voluntad apegada al pecado, y, por lo tanto, indigna de perdón.
Quién, pudiendo, no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave, no puede recibir la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida.
Ocasión de pecado es toda persona, cosa, circunstancia, lugar, que nos da oportunidad de pecar, que nos facilita el pecado, que nos atrae hacía él y constituye un peligro de pecar.
Jesucristo tiene palabras muy duras sobre la obligación de huir de las ocasiones de pecar: “Si tu ojo es ocasión de pecado, arráncalo… si tu mano es ocasión de pecado, córtala… más te vale entrar en el Reino de los cielos, manco o tuerto, que ser arrojado con las dos manos, los dos ojos, en el fuego del infierno” (Mt 18, 8ss).
Una persona que tiene una pierna gangrenada, se la corta para salvar su vida humana, y tú ¿no eres capaz de cortar esa cosa… para salvar tu alma?
Evitar un pecado cuesta menos que desarraigar un vicio. Es mucho más fácil no plantar una bellota que arrancar una encina.
Para apartarse con energía de las ocasiones de pecar, es necesario rezar y orar: pedirlo mucho al Señor y a la Virgen, y fortificar nuestra alma comulgando a menudo.
5- CUMPLIR LA PENITENCIA
Expliquemos el último paso para hacer una buena confesión: cumplir la penitencia.
Pero antes recuerda esto:
Expliquemos el último paso para hacer una buena confesión: cumplir la penitencia.
Pero antes recuerda esto:
1. La confesión es el medio ordinario que ha puesto
Dios para perdonar los pecados cometidos después del bautismo en el día a día.
Es un medio maravilloso que renueva, santifica, forma conciencia y, sobre todo,
da mucha paz al alma.
2. Cuesta, o puede costar, porque a la confesión no vamos a decir hazañas, sino pecados y miserias. Y esto nos cuesta a todos. Es curioso que algunos que ponen dificultades en decir los pecados al sacerdote confesor los propaguen entre sus amigos con risotadas y chascarrillos, y con frecuencia exagerando fanfarronamente. Lo que pasa es que esas cosas ante sus amigos son hazañas, pero ante el confesor son pecados, y esto es humillante. Y lo que no tienen tus amigos, secreto, lo tiene el confesor: él no puede contar ni un pecado tuyo a nadie. A esto se le llama el sigilo sacramental; ha habido sacerdotes que han dado su vida antes que faltar a este secreto de la confesión.
3. Para confesarse hay que ser muy sincero. Los que no son sinceros, no se confiesan bien. El que calla voluntariamente en la confesión un pecado grave, hace una mala confesión, no se le perdona ningún pecado, y, además, añade otro pecado terrible que se llama sacrilegio.
4. Si tienes un pecado que te da vergüenza confesarlo, te aconsejo que lo digas el primero. Este acto de vencimiento te ayudará a hacer una buena confesión.
5. El confesor será siempre tu mejor amigo. A él puedes acudir siempre que lo necesites, que con toda seguridad encontrarás cariño y aprecio y mucha comprensión. Además de perdonarte los pecados, el confesor puede consolarte, orientarte, aconsejarte. Pregúntale las dudas morales que tengas. Pídele los consejos que necesites. Él guardará el secreto más riguroso.
2. Cuesta, o puede costar, porque a la confesión no vamos a decir hazañas, sino pecados y miserias. Y esto nos cuesta a todos. Es curioso que algunos que ponen dificultades en decir los pecados al sacerdote confesor los propaguen entre sus amigos con risotadas y chascarrillos, y con frecuencia exagerando fanfarronamente. Lo que pasa es que esas cosas ante sus amigos son hazañas, pero ante el confesor son pecados, y esto es humillante. Y lo que no tienen tus amigos, secreto, lo tiene el confesor: él no puede contar ni un pecado tuyo a nadie. A esto se le llama el sigilo sacramental; ha habido sacerdotes que han dado su vida antes que faltar a este secreto de la confesión.
3. Para confesarse hay que ser muy sincero. Los que no son sinceros, no se confiesan bien. El que calla voluntariamente en la confesión un pecado grave, hace una mala confesión, no se le perdona ningún pecado, y, además, añade otro pecado terrible que se llama sacrilegio.
4. Si tienes un pecado que te da vergüenza confesarlo, te aconsejo que lo digas el primero. Este acto de vencimiento te ayudará a hacer una buena confesión.
5. El confesor será siempre tu mejor amigo. A él puedes acudir siempre que lo necesites, que con toda seguridad encontrarás cariño y aprecio y mucha comprensión. Además de perdonarte los pecados, el confesor puede consolarte, orientarte, aconsejarte. Pregúntale las dudas morales que tengas. Pídele los consejos que necesites. Él guardará el secreto más riguroso.
¿Qué es cumplir la penitencia?
Es rezar o hace lo que el confesor me diga. Esta penitencia, ya sea una oración, una obra de caridad, un sacrificio, un servicio, la aceptación de la cruz, una lectura bíblica, es para expiar, reparar el daño que hemos hecho a Dios al pecar. Es expresión de nuestra voluntad de conversión cristiana.
Es rezar o hace lo que el confesor me diga. Esta penitencia, ya sea una oración, una obra de caridad, un sacrificio, un servicio, la aceptación de la cruz, una lectura bíblica, es para expiar, reparar el daño que hemos hecho a Dios al pecar. Es expresión de nuestra voluntad de conversión cristiana.
El pecado, sobre todo si es grave, es ofensa grave a
Dios. Mereceríamos las penas eternas del infierno. Esta penitencia que me da el
sacerdote en parte desagravia la ofensa a Dios y expía las penas merecidas.
La confesión perdona las penas eternas, pero no
perdona la pena temporal. Esta penitencia que hago va satisfaciendo, en parte,
o disminuyendo la pena temporal debida por los pecados.
Dado que siempre será pequeña esta penitencia que me
da el sacerdote, es aconsejable que luego cada quien elija otras penitencias
que están a su alcance: el deber de estado bien cumplido y con amor; la
paciencia en las adversidades, sin quejarse; refrenar y encauzar los sentidos
corporales y espirituales, la imaginación, los deseos o apetencias caprichosas;
poner un orden y horario en la jornada, desde el momento en que está prevista
la hora de levantarse; la caridad ejercida por las obras de misericordia
corporales o espirituales; el control de los pasatiempos y diversiones inútiles
y nocivas; la perseverancia en las cosas pequeñas, con alegría (Consultar el
Catecismo 1468-1473).
Todos los viernes del año, que el Derecho Canónico
llama penitenciales (Cánones 1250-1253) son ocasión para hacer penitencia, como
así también especialmente la Cuaresma, por el ayuno, la abstinencia de carne o
la práctica de obras de misericordia, o a privación de algo que nos cueste (cigarrillos,
dulces, bebidas alcohólicas u otros gustos).
Esta satisfacción que
hacemos no es ciertamente el precio que se paga por el pecado absuelto y por el
perdón recibido, porque ningún precio humano puede equivaler a lo que se ha
obtenido, fruto de la preciosísima Sangre de Cristo. Pero quiere significar
nuestro compromiso personal de conversión y de amor a Cristo.

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