LA SALVACION POR SOLA FE (SOLA FIDE)

Para los protestantes la doctrina de la “Sola Fide” (sola fe) es una de sus bases.
Enseña que para la salvación no son necesarias las obras, sino solamente la fe. Inclusive ellos tienen un  eslogan muy particular, que dice: “Salvo, siempre salvo”. Afirman que cuando alguien llega a conocer  a Cristo como su Salvador, ese solo hecho le garantiza una salvación segura. De este modo, no es necesario que hagan ningún tipo de obra, y por más que cometan pecados y maldades, nada, absolutamente nada les hace perder esa salvación “ya ganada”.
Para ello argumentan:
  • “Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley.” (Rm 3, 28) 
  • “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.” (Rm 8, 30) 
  • “¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?” (Rm 8, 33-34) 
  • “Para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.” (Jn 3, 15). “Si usted cree en Cristo hoy y tiene vida eterna, pero la pierde mañana, entonces ésta del todo nunca fue “eterna”. Por lo tanto, si pierde su salvación, las promesas de la vida eterna de la Biblia serían un error.” (1) 
  • “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra creatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.” (Rm 8, 38-39). “Recuerde que el mismo Dios que le salvó, es el mismo Dios que lo va a guardar. Una vez que somos salvos, somos siempre salvos. ¡En definitiva, nuestra salvación es eternamente segura!” (1)

NUESTRA RESPUESTA
Para entender las Sagradas Escrituras debemos estudiar el contexto, para poder así armonizar los pasajes y entender nos quiere decir cada uno.
Así, en (Rm 3, 28) no se utiliza la expresión “obras”, sino “obras de la ley”, porque “la Ley” de la cual San Pablo habla en toda la Carta a los Romanos y a los Gálatas es la “Ley Mosaica”, la cual estaba compuesta no solo de las leyes morales o mandamientos, sino de las leyes ceremoniales y las prohibiciones alimenticias. Esta “Ley Mosaica” era pactada por la circuncisión.
Es en este contexto, donde San Pablo trataba de hacer entender a los cristianos la no necesidad del cumplimiento de la ley Mosaica. Si analizamos el contexto de estos pasajes veremos que Pablo se encuentra allí en pleno conflicto judaizante, el cual fue el primer problema serio que enfrentó la Iglesia primitiva. Dicho conflicto comienza cuando un grupo de judíos aferrados a la antigua Ley insisten en que los gentiles deben circuncidarse, si quieren salvarse. Aquí es donde el apóstol hace hincapié una y otra vez que los cristianos no se justifican “por las obras de la Ley”, sino por la fe.
Lutero malinterpretó estos textos y no diferenció que cuando se hablaba de las “obras de la Ley” no estaba haciendo referencia a las “obras de misericordia”, u “obras producto de la fe”, de las que habla el apóstol Santiago. Estas obras tampoco “compran” la salvación, pero si son requisitos para salvarnos, incluido el cumplimiento de los mandamientos.
No comprender esto conduce a caer en el mismo error en el que cayó Lutero: la contradictoria doctrina protestante. De este modo se termina ignorando o dejando en segundo plano todos los textos bíblicos que enfatizan el papel de la libertad humana en la obra de salvación, la cual debe responder libremente a la gracia.
Afirmar que la salvación es solamente por fe, sin las obras de misericordia, significa ignorar una enorme cantidad de versículos bíblicos, que claramente nos enseñan que la fe por sí sola no basta, si no va acompañada de buenas obras (el cumplir los mandamientos).
La posición oficial de la Iglesia Católica, desde el Concilio de Trento es: “Si alguno dijere, que el pecador se justifica con sola la fe, entendiendo que no se requiere otra cosa alguna que coopere a conseguir la gracia de la justificación; y que de ningún modo es necesario que se prepare y disponga con el movimiento de su voluntad; sea excomulgado.” (Canon IX)
Santiago expresa claramente para qué sirve la fe sin obras:
¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo?
¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta. Sin embargo, alguien puede objetar: «Uno tiene la fe y otro, las obras». A ese habría que responderle: «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe» ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. Los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan. ¿Quieres convencerte, hombre insensato, de que la fe sin obras es estéril? ¿Acaso nuestro padre Abraham no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves como la fe no estaba separada de las obras, y por las obras alcanzó su perfección? Así se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó en Dios y esto le fue tenido en cuenta para su justificación, y fue llamado amigo de Dios. Como ven, el hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras. ¿Acaso Rahab, la prostituta, no fue justificada por las obras, cuando recibió a los mensajeros y les hizo tomar otro camino? De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras.  (Sgo 2, 14-26)
Este texto es tan claro que ameritó que Martín Lutero (piedra angular de los protestantes) llamara a la epístola de Santiago “la epístola de paja”. Lutero quiso eliminarla de la Biblia (aunque no lo consiguió) y la llamaba de esa manera, porque iba en contra de su Teoría de la “Sola Fide.” Ejemplos Bíblicos de la importancia de las Obras para la Salvación:
“Sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados.” (Sgo 5, 20)
“¿Por qué ustedes me llaman: «Señor, Señor» y no hacen lo que les digo?” (Lc 6, 46)

Bien sabemos, si hemos estudiado el Evangelio, que Jesús pasó por este mundo predicando, no solo el arrepentimiento, si no también, la realización de buenas obras.
“No son los que me dicen: «Señor, Señor», los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?». Entonces yo les manifestaré: «Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal». (Mt 7, 21-23)
“Luego se le acercó un hombre y le preguntó: «Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos». «¿Cuáles?», preguntó el hombre. Jesús le respondió: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». El joven dijo: «Todo esto lo he cumplido:
¿qué me queda por hacer?». «Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». (Mt 19, 16-21)
Como vemos aquí Jesús no le dijo: “¡No es necesario que hagas nada, ya eres Salvo porque crees!” (o “Salvo siempre salvo” como dicen los protestantes) ¡para nada! Cuando el joven rico le pregunta cómo puede hacer para salvarse, Jesús le responde que (aparte de la fe, que ya la tiene) debe guardar los mandamientos. ¡Es muy claro!
La salvación es algo que se puede perder:
“Por eso, queridos míos, trabajen por su salvación con temor y temblor” (Fil 2, 12)
“Así, yo corro, pero no sin saber adonde; peleo, no como el que da golpes en el aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado. (1 Cor 9, 26-27)
Las obras tienen merito ante Dios: “Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal.” (2 Cor 5, 10)
“Dios retribuirá a cada uno según sus obras. El dará la Vida eterna a los que por su constancia en la práctica del bien, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad. En cambio, castigará con la ira y la violencia a los rebeldes, a los que no se someten a la verdad y se dejan arrastrar por la injusticia. (Rm 2, 6-8)
Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos?

¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuando te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”. Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna». (Mt 25, 32-46)
El que recibe la enseñanza de la Palabra, que haga participar de todos sus bienes al que lo instruye. No se engañen: nadie se burla de Dios. Se recoge lo que se siembra: el que siembra para satisfacer su carne, de la carne recogerá sólo la corrupción; y el que siembra según el Espíritu, del Espíritu recogerá la Vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque la cosecha llegará a su tiempo si no desfallecemos. Por lo tanto, mientras estamos a tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe. (Gal 6, 6-10)
Guardar los mandamientos es una obra “La señal de que lo conocemos, es que cumplimos sus mandamientos. El que dice: «Yo lo conozco», y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.” (1 Jn 2,3-4)
“El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él; y sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.” (1 Jn 3, 24)
“El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga.” (1 Jn 5,3)
En el Evangelio encontramos una parábola que puede ayudar a comprender: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.» Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. «Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.»“ (Mt 22, 2-3; 8-14)
La parábola hace referencia a las bodas del Cordero (Jesús y su Iglesia). Los que inicialmente habían sido invitados y no quisieron venir, representan a los judíos que rechazaron creer en el Mesías, por lo que el rey mandó a buscar por los caminos a todo el que quisiera asistir (estos representan a los gentiles y paganos).
De todos estos “nuevos” invitados, muchos aceptaron la invitación y fueron a la boda. Los que aceptaron la invitación representan aquellos que profesaron su fe en Jesús y le aceptaron como Señor.
Sin embargo, de entre todos los invitados, fue encontrado uno sin llevar puesto el “traje de bodas”. Si el invitado no lo tenía puesto no es porque fuera pobre, o no tuviera con que comprarlo, ya que el traje de bodas era suplido por el celebrante. De allí que el invitado se queda callado porque no tenía razón para no tenerlo puesto. (no quiso ponérselo)
El traje de bodas que menciona la parábola representa “el traje del hombre nuevo”, la nueva vida que debe llevar todo buen cristiano luego de su conversión. Vida que debe ir acompañada de una obediencia a los mandamientos y una fe que obre por la caridad. Esta idea es reiterada por en todo el Evangelio. 
Lamentablemente, el concepto de “sola fides” es un error que nos lleva a una falsa seguridad, al pretender, como muchos hoy en día, que por el solo hecho de creer, uno ya tiene ganado el Cielo. Pero como dice la Palabra de Dios, “los demonios también creen y sin embargo tiemblan”.
El demonio tiene fe (¡y vaya si la tiene!) porque cree en Dios. Pero solo por el hecho de tener fe… ¿es salvo el demonio? ¡de ninguna manera!
Quien tenga oídos que oiga.

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